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Huérfanos

Editorial Escrita Por: El Universal

 

Por: Gabriel Guerra Castellanos

No tuve trato personal ni profesional con el fallecido secretario de Gobernación, José Francisco Blake Mora, ni tampoco tuve oportunidad de verlo operar políticamente, más allá de aquello que observé en eventos públicos o en los medios de comunicación. Eso no me impide sumarme a las condolencias que en algo, espero, reconforten a sus familiares y a los de los fallecidos en el trágico percance del viernes pasado.

Su muerte desató una serie de reacciones colectivas e individuales que me han puesto a reflexionar acerca de la sique del mexicano a la luz no solo de este lamentable acontecimiento, sino también debido al ambiente de violencia y zozobra que agobia al país y que nos hace olvidar otros asuntos que son seguramente igual o más trascendentes para nuestro futuro que el de la seguridad.

La primera y obvia, que no necesariamente lógica, reacción de los mexicanos a cualquier accidente, desastre o catástrofe es buscar culpables, y si no se pueden hallar fácilmente entonces cuando menos buscar o inventar sospechosos. Tal vez natural para una nación cuyos ancestros se la pasaron prediciendo el retorno de un dios que tomaría forma humana y sería blanco y barbado, y se toparon con los subalternos de Hernán Cortés, nunca pensamos que lo aparente pueda ser cierto.

Así es como, a falta de buenos motivos para ocupar nuestras mentes, preferimos siempre ver en la conspiración, la trampa o el destino la causa principal y originaria de nuestras desventuras. Desde la Malinche hasta el boxeador derrotado, nuestras historias están marcadas por la suspicacia de la traición o el juego sucio como rectores de nuestros trayectos, con lo cual prácticamente aseguramos que dichos trayectos terminen en el barranco: quien justifica su derrota a priori y por costumbre difícilmente puede alcanzar la victoria.

La respuesta inmediata a la noticia del desplome del helicóptero que transportaba al secretario de Gobernación fue entonces la paranoia. Un atentado, una señal, advertencia o represalia del crimen organizado, un complot novembrino, sabotaje, todo eso recorrió rápidamente las febriles imaginaciones de todos los que se enteraron. Algunos optaron por creer esas versiones, otros más por informarse mejor antes de sacar sus conclusiones y algunos, los menos, por aprovechar descaradamente el fatal asunto para el lucro político o los ajustes de cuentas.

Fácil tarea la de estos últimos, pues encontrarán siempre a un público ávido de historias de escándalo que comprueben sus sospechas originarias.

Conforme pasaron las horas y no se encontró sustancia que sustentara las especulaciones, la sospecha fue dando paso al dolor, a la estupefacción, al duelo compartido y a ese sentimiento de solidaridad que nos provoca la pérdida ajena que sentimos como propia porque somos o nos sentimos vulnerables a ella. Para grata sorpresa de muchos, la clase política mexicana se unió en la pena, en la condolencia amable, elegante, de quien deja a un lado rencillas, pasiones y rivalidades para honrar a un colega respetado. Fueron poquísimas las excepciones: algún bufón o provocador profesional que quiso obtener ventaja o demostrar su mal gusto, pero en términos generales esta fue una de esas raras ocasiones en que un gremio saca la casta. Nuestros políticos se portaron a la altura.

La ceremonia en el Campo Marte fue estrujante y conmovedora para propios y extraños. No solo los deudos y los amigos lloraron, la mayoría de los presentes mostraban auténtica compunción ante una escena que nadie quisiera ver repetirse: la del Estado que rinde homenaje a sus caídos. Y es que son tantas las víctimas, tantos los que mueren prematuramente, que el pesar se esparce, se asienta, se instala en los corazones.

Las más dolorosas escenas son las de los niños, que aferrados a una bandera o una fotografía lloraban a sus padres ya ausentes para siempre sin alcanzar a entender plenamente lo acontecido.

Si bien todo parece indicar que los honrados el sábado en el Campo Marte no fueron víctimas directas de la violencia que azota al país, es imposible desasociarlos de ella, y por lo tanto es comprensible el sentir de tantos que ven en ellos a símbolos altamente visibles.

Son muchos, demasiados, los huérfanos en México. Todos merecen ese espacio en el corazón que los pequeñuelos del Campo Marte tuvieron, así fuera por un instante, en el ánimo nacional.

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