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Año del dragón en el barrio chino

Editorial Escrita Por: Guillermo Osorno

 

Nuestro barrio chino: en realidad son dos cuadras de la calle de Dolores, pero a juzgar por lo que pasaba ayer, durante la celebración del Año Nuevo chino, igual podrían ser 20.
En la segunda calle de Dolores, donde están la mayoría de los restaurantes chinos, había una gran aglomeración de señoras. Miren, por ejemplo, The Asia Shop. Allí se venden objetos de Feng Shui para armonizar la casa y la oficina. Decenas de cabecitas blancas se aglomeraban para comprar un dragón. Tavo, el encargado, bromeaba con una de ellas.
–¿Tú de que año eres?– le preguntó a una clienta.
–De 1930– dijo la venerable señora, que bien podría estar comprando estampas en la Basílica.
–Eres del año del Caballo. Yo también– dijo Tavo
–¿De 1930?
Las señoras alrededor soltaron la carcajada. Tavo, hay que aclarar, es un jovenazo corpulento con el cabello peinado con gel, parado en puntas como flamas de chimenea. Llevaba pulseras, anillos y una medalla del tamaño de un centenario que pendía sobre su polo a rayas.
–Que se te multipliquen los beneficios lo más pronto posible– dijo Tavo a la señora en el momento en que le entregaba el baucher de la compra.
Minutos más tarde, Tavo se puso a conversar conmigo. Me dijo que llevaba 7 años trabajando allí. Originalmente, el sitio era una cafetería, pero los dueños se dieron cuenta del creciente interés de la gente por el Feng Shui y la convirtieron en una tienda de objetos.
Yo estaba intrigado por la cantidad de mujeres entre los sesenta y setenta años que atascaban el comercio. ¿Por qué razón eran mayoría?
–Es relativo– dijo Tavo. “Si hubieras venido ayer [domingo] te habrías dado cuenta de que había muchas parejas. De hecho, siempre he dicho que mis mejores clientes son los hombres, porque son incrédulos, pero una vez que ven que funciona, regresan solos”.
Afuera de The Asia Shop estaba Andrés López Anaya. Aprovechó las fiestas para venir a hacer un pequeño rito personal. Estaba sentado sobre la banca de una de las jardineras que adornan esta parte del barrio. Tenía un aspecto notable, pues se había rapado la mollera para dejar ver unos tatuajes, pero se dejó crecer una cola de caballo abundante. Llevaba un bigote de herradura, camisa blanca, ojos rasgados.
–No soy chino –dijo– soy mexicano, pero por lo espiritual sí tengo algo de chino.
¿Y Las cobras tatuadas en el cráneo? Eran para su protección.
–No me las hice por gusto –dijo– sino como producto de mi desarrollo espiritual.
¿Y el rito? Había sido uno de purificación. Por eso había agua (que hace su trabajo de limpieza), incienso (que purifica el aire) un huevo de ónix (un mineral que irradia fuerza a su alrededor limpiando las energías) y una campana tibetana (cuyas vibraciones también purifican).
Le pregunté si daba consultas espirituales:
–Si, pero no tengo teléfono.
En la primera calle de Dolores, en cambio, estaba Macario. El sí daba consulta. De hecho, había una cola de gente esperando ser atendida, en medio de una tremenda aglomeración de puestos de la calle con más amuletos de dragón, justo en la entrada de un estacionamiento y debajo de un letrero que decía “Bienvenido al Barrio Chido”.
La consulta de Macario, un hombre de mediana edad, alto, y con barba, se veía así: Macario te levanta los brazos, te dice que inhales y exhales, va por unas ramas, te ramea, te da las ramas para que las sostengas, toma un spray en cada mano, te rocía algo haciendo un círculo con los brazos, deja los sprays, te dice una cosa al oído, te agarra la nuca, te soba, te suelta y le pagas.
Hay que decir, sin embargo, que la persona que irradiaba mejor vibra era muy extraña. Creo que me tomaría todo la página del periódico describir cómo estaba vestido. Diré que tenía un traje dorado con hombreras rojas en pico. Llevaba un casco rojo del que colgaban unas tiras metálicas rojas, plateadas, verdes. Llevaba una máscara dorada. Era, literalmente, fabuloso. Hablaba extraño. No era chino.
Se hacía llamar Súper Tenca y era de Japón. Tenca por el guerrero Xicoténcatl, y Tenca, porque en japonés significa el mundo bajo el cielo. ¿Y qué lo traía por este lado del mundo?
Llevaba un mensaje. México, que estaba pasando por cosas feas, debía de levantarse como el pueblo japonés, que acaba de pasar por un tremendo desastre. Deseaba que nuestro pueblo se recuperara. Y estaba seguro de que así sería, porque en el Año del Dragón era un año de fuerza.
Entonces, que así sea.
[email protected]
@guillermosorno

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