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El país de la Monarca

Editorial Escrita Por: Lulu Nieves

 



Querido diario:

Después de coger, dejamos las cosas en el hotel y volvimos a agarrar carretera.
Martín es moreliano y conoce bien esos lugares. Es un buen amigo y un espléndido cliente, además le gusta consentirse. Me latió la idea de que me invitara a ese paseo, mitad placer, mitad trabajo. Me gustó más que jugara a no decirme a dónde me estaba llevando. Ese día salimos muy temprano de mi casa, nos registramos en un hotel muy bonito, a media carretera México-Guadalajara, como a 20 minutos de Atlacomulco.
Hicimos el amor en cuanto entramos a la habitación, después me vestí cómodo y abrigado, como él recomendó, y nos volvimos a trepar al coche. En una desviación de la autopista tomamos por una carreterita preciosa. Eso sí, dos tristes carriles apretaditos y llenos de baches, donde apenas caben un coche de ida y otro de venida, pero todo en medio de enormes prados de un verde intenso y frondosos bosques, tupidos de pinos altísimos. Un paraíso forestal. Entre más avanzábamos, más subíamos montañas y más apretaba el frío.
Pasamos por Angangueo, un pueblito precioso, donde parece que se detuvo el tiempo, luego seguimos hasta un área protegida donde nos recibieron unos señores de sombrero y unos niños que nos dirigieron hasta donde debíamos dejar el carro.
Allí nos rentaron dos caballos y un chamaco nos acompañó indicándonos los senderos que debíamos seguir. Hacía un frío de los mil demonios, pero si te ponías al sol, en un ratito sus rayos te ayudaban a recuperar el calorcito.
Había un lugar donde había que bajarse del caballo y seguir a pie el recorrido. Subes un par de kilómetros entre árboles de oyamel y delicioso olor a tierra y entonces ves el maravilloso espectáculo de la mariposa Monarca.
Es realmente increíble la cantidad de mariposas que pueblan esos bosques. Supongo que son millones, la mayoría volando, otras en los árboles, en las plantas, en el piso, paradas en tu cabeza, o en tu hombro, revoloteando como en convención de haditas pendientes de cumplirte un deseo o como el paisaje de algún cuento de García Márquez. Vale la pena lo traqueteado del camino por ver ese espectáculo formidable. Diría que ahí sí que sientes mariposas en el estómago, pero porque si no cierras la boca, puedes tragarte una. (Pensar que está tan cerca del Distrito Federal y nunca había ido).
Del santuario de la mariposa Monarca nos seguimos hasta un pueblito que se llama Tlalpujahua. Allí fabrican esferas navideñas y otras artesanías, también está increíble. Caminamos por sus calles, compramos algunos adornos y comimos en un restaurancito del centro.
Ya había caído la noche cuando llegamos al hotel. Cenamos ligero, ya cansados por el viajecito y nos metimos a la habitación. En cuanto entramos, Martín me dio un beso en los labios y se metió a bañar. Habíamos salido muy temprano y, con el gran paseo, se antojaba un buen baño de agua calientita. Después de él, me metí yo a la regadera. Cuando salí, él se había puesto ya el pantalón de su pijama y estaba secándose las orejas.
Me quité la toalla y me tumbé desnuda sobre la cama, acariciando mis muslos, separándolos un poco para enseñarle lo que le esperaba. Él, como si le hubieran soltado un bistec a un can hambriento, se quitó la ropa en un par de movimientos y brincó a la cama para acurrucarse junto a mí. Me dio un beso en los labios, otro en la mejilla y uno en el cuello, mientras acariciaba con su mano mi vientre, mi sexo, mis muslos. Separé las piernas para dejarlo sentirme y él, tocando suavemente con las yemas de sus dedos, se llevó mis pezones a los labios.
Fue bajando despacito, trazando un sendero de besos que acabó entre mis piernas. Con mis muslos en sus orejas comenzó a beber de mí, como un gatito tomando leche. Tocaba mis piernas, mis senos, mi abdomen, mientras recibía en su lengua mis espasmos agradecidos. Me vine muy rico.
Era mi turno de consentirlo. Se recostó boca arriba presumiendo una espléndida erección; yo, metida entre sus piernas, lo miraba sonriendo y me hacía el cabello de lado, para dejarlo ver su sexo perderse en mis labios y mis pechos golpeteando con sus muslos, para que contemplara a sus anchas el espectáculo de un espléndido sexo oral.
Apenas me clavé en su erección, él se vino copiosamente, ahogando un grito que nos hizo estremecernos juntos. Después nos acurrucamos bajo las cobijas de aquella cama mullida y calientita, escuchando el canto de los grillos y viendo afuera el bailoteo de algunas luces que vibraban a lo lejos, respirando el bosque, sintiendo el calor de nuestra piel. El día había sido mágico y agotador, tanto que en cuestión de segundos fuimos atrapados por un profundo sueño.
A la mañana siguiente, después de un rico desayuno, regresamos al Distrito Federal. No lo comenté con Martín, pero esa noche lo soñé a él y a las mariposas, soñé que hacíamos el amor en ese bosque fantástico.
Hasta el martes
Lulú Petite
www.midiariosexy.blogspot.com

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