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Los platos rotos

Editorial Escrita Por: Eduardo Brizio. Bajo microscopio

 

Vaya relajo el que se ha armado luego de que La Máquina Celeste del Cruz Azul logró la igualada a dos goles en Cancún contra el Atlante, con un gol de Emanuel “Tito” Villa conseguido flagrantemente con la mano.
Primeramente, la culpa debe recaer sobre el silbante Fernando Guerrero, a quien apodan “El Cantante”, dicho mote se lo debe al hecho de que en el cumpleaños de Aarón Padilla llegó a regalarle un pastel, al tiempo que entonaba alegremente las tradicionales “Mañanitas”.
“El Cantante” es un viejo pájaro de cuenta, referente a las manos que no se aprecian dentro del área penal. El torneo pasado, en la fecha ocho, no se percató de que el rojinegro Mauricio Romero le ganó el balón a Matellán con la mano para obtener un gol ilícito.
Luego, en la jornada 15, pitando el Monterrey vs. Atlas, tampoco se percató de que Ricardo Osorio evitó un gol con la mano, cuando su arquero ya estaba vencido, lo que significaba en esos momentos el tanto del empate rojinegro. Los instructores no tomaron cartas en el asunto, le dieron el espaldarazo a Fernandito y ahí están las consecuencias.
El otro culpable, sin duda, es Villa, quien afirma que no lo hizo con mala intención, que fue un acto instintivo y que fue suspendido por “honesto”. ¡Órale! Para mi gusto, lo más patético del asunto fue la forma desvergonzada en que festejó su anotación. Igualmente señala: “No mate a nadie”. Tiene razón, solamente que olvida que en el futbol hay dos infracciones que se equiparan (hablando en forma coloquial y guardando las proporciones) al homicidio: Lesionar a un adversario y marcar un gol con la mano.
Pongamos el caso de un juez de línea que da un gol por bueno, cuando en realidad fue precedido por fuera de juego, para que luego del partido tenga el cinismo de declarar: “Sí me percaté de que era off side; pero por instinto, no levanté la bandera a tiempo; sin embargo, reconozco que me equivoqué, incluso fui al vestidor del equipo perjudicado a ofrecer disculpas”… ¡Sería el acabose!
Por último, está la Comisión Disciplinaria, que se ha convertido en un verdadero galimatías: poniendo, quitando y reduciendo castigos a su libre albedrío. Lo más preocupante es que no exista una Comisión de Apelaciones, que sería un ente distinto, porque no es posible que sean los mismos los que ponen y luego quitan las sanciones.
Pero lo mejor en todo este berenjenal es que somos nosotros, los aficionados, quienes siempre terminamos pagando… los platos rotos.
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