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Bobby Timmons, o de la gracia bajo presión

Editorial Escrita Por: Nicolás Alvarado

 

Es grace under pressure una de mis expresiones idiomáticas inglesas favoritas. “Gracia bajo presión” significa, y me evoca la imagen de una Grace Kelly garbosa, serena y un pelín helada (como siempre), autoimpuesta a soportar con gesto digno, sonrisa discreta y porte mayestático la presión encarnada en el asedio sexual y laboral de Alfred Hitchcock, o la monserga de sus responsabilidades de princesa de Mónaco, ésas que le impidieran perseguir su vida de playgirl hollywoodense -se cuenta que se cuentan entre sus amantes de juventud todos sus compañeros estelares de reparto a excepción de James Stewart… lo que haría figurar en la lista a Gary Cooper, Clark Gable, Cary Grant y Frank Sinatra- o regresar al cine a invitación de Hitchcock (un viejo amor ni se olvida ni se deja, por sadomaso que sea) para protagonizar esa Marnie que habría de terminar por recalar en la no menos hermosa y fría (pero más sexy) Tippi Hedren.
Confieso que el atractivo sexual de Miss Kelly siempre me ha eludido -ya antes incluso de casada había en ella algo demasiado principesco-, lo que acaso no haga sino reforzar la admiración que me produce su capacidad para hacer honor a su nombre, incluso bajo presión. Así, ahora que las cosas no marchan demasiado bien en mi vida, la he pensado mucho en conjunción con aquella expresión, y me he propuesto ser, ante la adversidad, tan caballero como ella fuera dama.
Tengo un amigo en idéntica situación -¡qué año este 2011!- y, a veces, para infundirnos ánimo, no sólo nos escuchamos nuestras cuitas sino que compartimos cosas -juguetes les llamo yo- que nos permiten imaginar un pelín mejor nuestra vida. Los libros, las películas, el Campari y las recomendaciones de blogs integran todos esa nómina; pero he aquí que cada vez hay menos tiempo para disfrutarlos -nuestro agobio deriva, en buena medida, del surménage-, lo que no deja espacio sino a la música, placer que es posible disfrutar ante la pantalla de una computadora sin miedo a perder la concentración.
“¿Me dejas ponerte algo?”, me preguntó José Luis hace semanas en un trayecto automovilístico, mientras desconectaba mi iPod y conectaba el suyo sin aguardar respuesta. El coche se inundó de un jazz a un tiempo conmovedor y juguetón, dotación habitual de trío en la que el piano llevaba la voz cantante y esa voz sonaba apasionada, sólo que con pasión contenida por la elegancia y el humor. “Es mi nuevo descubrimiento: Bobby Timmons”. ¿Y quién es ése?, pregunté yo, a pesar de algo saber de jazz. “Era”, respondió JL. “Murió muy joven, en los 70, de cirrosis. Tocó con Cannonball Adderley y con Chet Baker. Después de mucho buscar, encontré en iTunes un solo disco suyo. Si quieres luego te lo paso.”
Y así fue, sólo que hasta hoy llega el día en que puedo escuchar This Here is Bobby Timmons (y eso mientras trabajo): cuatro originales y un puñado de standards, todas atacadas con el talante ingenioso aunque teñido de melancolía de alguien que suena más a artista que a virtuoso. ¿Lo recuerdan muchos? Lo dudo. Atrapado en la transición entre el bop y la improvisación desaforada de Miles Davis, nunca construyó su propio culto, se perdió en demonios personales que lo condujeron al alcoholismo y una muerte temprana.
Queda, sin embargo, su gracia bajo presión, quelle Grace Kelly que pregunta juguetona si quiere uno pierna o pechuga mientras la muerte llama, ya sólo en aras de conservar el humor y el estilo.
Gracias, viejo.

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